jueves, 6 de mayo de 2010

El Joven lobo y la Niña Ciervo



sé de donde saliste, te he visto antes. Estabas allí a mi lado cuando desperté aquella mañana, corriste a mi lado a través de aquel joven bosque, saltaste entre las rocas como si fueras de una hoja llevada por el viento. ¡Y volaste! Volaste cruzando el cielo entre mi tierra y el agua fría de aquel mar al cual envidie cuando te abrazo.

Eres tú.

Ahora solo falta saber ¿Quién eres tú?

El Joven lobo y la Niña Ciervo

Hay mañanas en las que el mundo amanece diferente, mañanas en las que dejas de ser quien eres por unos instantes un poco más allá de los sueños. Así se sentía Cutamipuagsy aquella mañana. Sin embargo, a simple vista todo estaba normal, las sábanas de la cama estaban apenas arrugadas sobre su estilizado cuerpo como resultado de un tranquilo sueño, su zapatillas en el lugar preciso e incluso los rayos de aquél sol estaban justo donde debían de estar a esa hora por aquella época del año. Pero había algo diferente.

Era Raba, y desde hacía mucho tiempo no se daba el lujo de despertar sin tener nada pendiente que hacer durante el día.

Cutamipuagsy vivía en una pequeña villa cerca del mar, muy, muy al sur de Valeria. Era gente noble y hermosa, que vestían colores vivos y ropas bien concebidas para ser útiles tanto en los fríos inviernos como en los cálidos días de verano. En sus rostros llevaban tatuados desde niños los símbolos de sus orgullosas familias. Los días eran tranquilos desde hace mucho tiempo y sólo en los libros y en los cuentos se escuchaba de lo terrible de la guerra. Ya hacían quinientos años de la ultima y nadie concebía que hubiese otra.

Cuta suspiró antes de saltar de la cama. No tenía que ir a la escuela ni a práctica ese día, pero no se daba por satisfecha. ¿Por qué todo tenía que ser tan condenadamente fácil para ella? Esa mañana era otra de esas mañanas en las que simplemente no sabía si realmente valdría la pena salir de la casa.

Bajó las escaleras desde su habitación y se percató que su hermano ya había partido. Volvió a suspirar. Cuta, la niña más bella, Cuta la Campeona de Combate Saraciano, Cuta la irrefutable opinión en cualquier debate. Todo eso estaba muy bien, pero a veces se preguntaba de qué le servía. Era un hermoso día de primavera y no podía pensar en nadie con quién encontrarse para disfrutarlo. Como quiera que fuera decidió que salir era siempre mejor que quedarse.

Poco después de cruzar la puerta de su casa y dirigirse hacia el centro del pueblo empezó a sentir que era lo que estaba raro. Tenía ganas de correr. No había ninguna razón en particular simplemente se sentía ligera y ágil, y la suave brisa que le peinaba el cabello le susurraba al oído un ven conmigo, ¡será divertido! Para su sorpresa se descubrió a si misma mirando a los lados y preguntándose que pensaría la gente si de repente comenzaba a correr, después de todo no había nadie conocido a la vista.

-¡Cuta! – el grito de Guro llegó a sus oídos justo en el momento que pretendía arrancar a correr.
- Hola, Guro – Le saludo Cuta con aquella sonrisa que le salía sin esfuerzo, y aunque discreta, llena de dulzura.
- ¿Dónde vas tan temprano un Raba, hermana?
- Iba hasta el pueblo –le respondió ella mientras se hacía una cola con su largo cabello – Pero luego tenía ganas de ir al bosque a pasear por un rato, tal vez caminar hasta la playa.
- Mmm – Su hermano la examinó un rato. Llevaba puesta una sudadera que él le había regalado, pantalones cortos de algodón y zapatos de correr. Lucía tan bella como siempre y ya no se podía ocultar que había dejado de ser una niña – Está bien pero no llegues tarde para comer.
- No lo haré.
- ¿Con quién irás?
- Sola – dijo con un encogimiento de hombros.
- Cuta, no te haría mal codearte un poco más con las otras niñas.
- ¡Yo ya no soy una niña! – le refutó.
- Lo sé – y repitió la ya gastada formula – eres poco-mas-que-un-niña.
- Me voy.
- Ten cuidado

Camino rápido para alejarse de su hermano, no quería que le viera correr, después tendría que estarle dando explicaciones y no las tenía. Pero para su mayor frustración todo el mundo se había levantado temprano aquella mañana y las calles estaban repletas de gente en torno al mercado. No podría correr con tanta gente atravesada. Siguió caminando por las calles de piedra, saludando a las personas que conocía y se encontraba por el camino. El algún momento se detuvo y se descubrió mirando a un viejo perro que cuidaba la puerta de una floristería. El animal jadeaba con la gran lengua afuera y le meneaba la cola alegremente. Le llamó la atención la aparente alegría de aquel perro que por lo general le solía ladrar a todo el que pasaba. Más adelante se detuvo a comprar un panfleto informativo y continuo caminado por la calle mientras lo leía. Súbitamente se detuvo y al apartar su mirada del panfleto se percató que había un gato sentado justo en su camino, mirándole.

- ¿Y tu que quieres? – le dijo al gato – Casi, te piso, gato tonto, por suerte te vi a tiempo. ¿Pero en realidad le había visto?

Al fin había salido del pueblo, y ya nadie le miraba. Esta vez pensaba llegar a la playa de una sola carrera, sin detenerse hasta llegar al mar. Miró sus zapatillas y descubrió una trenza suelta y tras un resoplido de frustración se la comenzó a atar nuevamente. Entonces miró hacia los lados, apoyó sus manos en el suelo, levantó ligeramente la rodilla que apoyaba en la tierra y comenzó a contar … 3… 2 …1…
El más leve de los sonidos llegó entonces a su oído. Si moverse con brusquedad miró entre los árboles y pudo ver la figura de un pequeño ciervo que le devolvía la mirada de forma curiosa. Cuta se quedo asombrada, no era el primer ciervo que veía en su vida, pero si era la primera vez que veía uno tan de cerca. Entonces para aumentar su emoción y hacer nacer su incredulidad el ciervo comenzó a caminar hacia ella. Lentamente y con timidez se le fue acercando hasta quedar justo frente a ella.
- Hola – dijo entre una sonrisa y un hilo de voz, y el ciervo le respondió lamiéndole la punta de la nariz para luego voltearse y caminar de nuevo hacia el bosque. Cuta pensó que eso seria todo, pero antes de desaparecer en la espesura el ciervo se dio media vuelta y le miro por un instante. Sin saber de que manera Cuta entendió lo que quería decir y lentamente se puso en pie y comenzó a seguirlo. Poco a poco se fueron internando en el bosque hasta un lugar que Cuta no había visto nunca, grandes flores que perfumaban el aire con aromas delicados florecían por todas partes y el sol que lograba colarse entre las ramas hacía divertidos matices en el suelo lleno de suave hierba. Cuta iba tan distraída que no se percato que el ciervo se había detenido hasta que tropezó con el.
- Lo siento –se disculpó ella tras una mirada recriminatoria, luego volvió a mirar hacia delante y Cuta le siguió. Entonces lo vio. Por un momento pensó que estaba muerto, pero enseguida supo que dormía.
Se trataba de un joven muchacho, vestido con ropas que Cuti nunca antes había visto por aquellas regiones, pantalones y botas negras y en la parte de arriba un poncho del mismo color le abrigaba del frío de la noche anterior. Llevaba el cabello alborotado y en su piel no había marca alguna. Tal vez es un huérfano pensó la niña, pero hasta los niños huérfanos suelen llevar algún nombre o símbolo en sus rostros. Debía de ser un extranjero, pero se veía tan joven, no aparentaba más de dieciocho años.
Cuta, comenzó a acercársele, y para ello hizo gala de toda su destreza pues ni una ardilla le hubiese sentido aún sí le caminara sobre la cola. Con más curiosidad que prudencia se inclinó sobre él para estudiarlo mejor. Tenía un rostro hermoso, de negros cabellos y rasgos afilados y se sorprendió al sentirse ruborizada por su encanto. A lo mejor fue ese descuido el que la hizo respirar, tal vez, un poco más fuerte de lo que debía. Sin brusquedad, como si sus ojos simplemente hubiesen estado cerrados el los abrió y le dedico una sonrisa. Cuta, saltó hacia atrás y cayó sentada sobre la hierba. Se arrastro unos metros más sin saber si correr o quedarse allí.
El joven se sentó, y comenzó a estirarse. Todo el tiempo con aquella sonrisa, la cual Cuta no podía dejar de pensar que estaba dedicada a ella.
- No debes temer – Dijo al fin, y en unos oscuros ojos negros Cuta sintió que hablaba con sinceridad – No disfrutaras de la carrera si lo haces.
- ¿Quién eres? - ¿carrera? ¿De que habla? Pensó ella.
- Querías correr, ¿No es cierto? Pero si lo haces por pánico no lo disfrutaras.
- …
- Me llamo, Górgalos, y ¿Cuál es tu nombre corredora?
- …Cuta… mipuagsy.
- Mucho gusto – de un salto se puso de pie, tan rápido que Cuta ni siquiera tuvo tiempo de asustarse – Estaré listo en un minuto – Dijo mientras comenzaba a hacer movimientos de calistenia.
- ¿De donde eres? – la curiosidad de Cuta iba de nuevo en aumento. No luce peligroso, apenas es más que un niño, se dijo para si misma.
- No me juzgues por mi apariencia – Dijo haciendo una pausa en sus ejercicios y dedicándole otra mirada llena de picardía.
Los ojos de Cuta se abrieron de asombro, ¡Puede leer mi mente!
- Oh, no. No puedo. Pero si puedo sentir lo que sientes. Soy un Xia-psim.
- ¡Un Empático! No creí que realmente existieran.
- Digamos que somos una vieja escuela.

Cuta, recobro su compostura, retomando la altivez y el aplomo que solía lucir antes de cada combate, y se sentó de piernas cruzadas ante el joven. El la miró y se acercó para sentarse igual que ella, quedando cara a cara. Cuta decidió calmar sus emociones, pues mientras más intensas fueran estas más oportunidad de leerla tendría aquél personaje. Se relajó.
- Eres buena, ya veo por qué me enviaron.
- ¿Enviaron? – Algo dentro de la cabeza de Cuta le decía que aquel encuentro estaba cada vez más lejos de ser casual - ¿Quién eres, Górgalos? ¿De dónde has venido?
- Vengo de muy lejos – y por un momento su sonrisa se volvió misteriosa – de tan lejos que ya me cuesta recordar de donde comencé a andar. Vengo de los Oscuros Bosques de Kroares, y pasé por los desiertos de Sanam, también he estado en Fin de Mundo y en el Desierto de Tierra Azul, he escapado de Arforas en un par de ocasiones, una vez vi a la Joya de Sarac y he vivido dentro de los muros transparentes de la ciudad de la Guerra, Agary. Pero si tengo que decir de donde vengo, creo que diré que vengo de aquí, de este bosque, aquí me despertó la lluvia por primera vez hace ya tantos años – Mientras decía esto Górgalos miraba su mano que acariciaba la hierva mientras sus ojos se volvían viejos y sabios – Soy Górgalos Gonka, Corredora – y sus ojos se encendieron nuevamente.

Cuta se descubrió a si misma sonriendo a todo dar. Era tal el entusiasmo en las palabras de aquel joven que no podía evitar ver las lejanas tierras tras sus historias. Pero ¿Quién a tan corta edad puede haber recorrido tanto? Tal vez era un bardo o un artista que iba de pasada. No solía pasar mucha gente extraña por aquellas tierras, y cuando lo hacían solían ser gente muy amable y trabajadora. Había hermosos campos y el mar era muy bondadoso con su gente. Sin embargo Cuta siempre había sentido interés por los extraños, por los contadores de historias y los artistas que llegaban de vez en cuando de otros puertos, pero ninguno hasta ese momento había dicho estar en tantos sitios como este. Y ninguno había sido un empático.

- ¿Has dicho que te enviaron? – preguntó entonces Cuta – Entonces estas en una misión, ¿Se puede saber cual es?
- Soy un enviado de Sool, mejor conocida como Cristal La Encantadora – a los oídos de Cuta llegaron viejas historias sobre la Guerra de los Guardianes y el Ejercito Negro.
- ¿Cristal La Encantadora? Estás hablando de un personaje de más de quinientos años de antigüedad. Si Cristal realmente existió ahora debe estar muy viejita, sin duda.
- Debes abrirte, si no lo haces mi viaje habrá sido en vano – Por un instante sus ojos volvieron a oscurecerse en un pasado casi imposible de imaginar - Vine a enseñarte a ver lo que no entiendes y a entender lo nunca podrás ver.
- ¿De que hablas?
- Magia.

Al escuchar esto, Cuta tuvo un instante de duda, ¿hablará en serio este muchacho? Ahora comenzaba a hablar de magia, y eso si era algo que le costaba aceptar.¿A dónde pensaba llegar? Cutamipuagsy siempre había sido una niña talentosa en cuanta área se propusiera incursionar, era líder de su clase, y campeona de lucha en su categoría, los adultos siempre la felicitaban por su impecable apariencia sin mencionar aquella facilidad que siempre había poseído para aprender otras lenguas, a su corta edad hablaba en un Prusik impecable además de poseer un Saraciano y Parsk, la lengua de los marinos, bastante fluidos. Una de las claves de su talento era una capacidad de concentración que rayaba los niveles de un trance y su visión práctica y sencilla que le permitía discernir en cuestión de segundos sobre asuntos que confundían a la mayoría. Pero en lo que magia y superchería se refería era una completa neófita.

- ¿Perdón?
- Vengo a iniciarte.
- ¿Iniciarme? – Cuta estaba al borde de risa – No hablaras en serio, ¿O si?

Górgalos no le respondió, sólo desvió la mirada por encima del hombro de Cuta. Ella volteó para ver de qué se trataba. Allí estaba aún el pequeño ciervo masticando un poco de pasto. Este le devolvió la mirada por un instante y luego continuó con lo que estaba haciendo.
- ¿No te pareció curiosa la manera como me encontraste? – Cuta, guardó silencio – Eso imaginé. Ahora lo importante es que aprendas a reconocer tus dones, debes reconocer tu fuente. Esta se encuentra aquí – dijo mientras se colocaba la mano derecha sobre el pecho – muy cerca de tu corazón, justo bajo tu garganta. Te mostraré – Le tomó la mano y se la puso sobre su pecho. Cuta sintió que la cara se le encendía, pero no intentó soltarse. Entonces sintió algo, algo que sólo pudo comparar con una corriente de aire, sólo que sabía que no era aire sino calor. Él le soltó la mano y ella la retiro sin prisa – Ese es el calor de mi fuente y varía en fuerza según mi nivel.
- Yo…no… - El inquebrantable sentido común de Cuta se estaba tambaleando junto a su nunca tarde elocuencia, ¿Qué le estaba sucediendo? – ¿Dónde debo mirar? – La pregunta había venido a ella de otro sitio y salió de sus labios sin que ella pudiera evitarlo. Górgalos sonrió con un atisbo de orgullo en la comisura de los labios.
- En todas partes. Debes buscar la razón por la cual suceden todas las cosas que suceden a tu alrededor, pero especialmente de las cosas relacionadas con tu actitud: por qué te detienes a medio caminar, por qué te quedas mirando un rincón aparentemente vacío, por qué los animales te siguen sin temor – dedicó otra mirada al ciervo – Con el tiempo verás que todas estas cosas están relacionadas con tu sensibilidad, y esa sensibilidad te llevará a encontrar tu fuente. Una vez que la encuentres entonces podrás hacerla crecer y usarla cada vez que se te antoje.
Tras decir todo esto Górgalos se quedo mirando a Cuta, era como si viera en ella precisamente todo aquello que acababa de explicarle. Luego sin aviso alguno levantó una mano, toco su rostro y le sonrió. Cuta podía escuchar sus propios latidos y estaba segura que el resto del bosque también. Una suave brisa sopló meciendo las ramas de los árboles cercanos. Ambos voltearon para olfatear el aire como quien lee una carta escrita en el viento. Entonces Cuta lo sintió, era el bosque y le habló: Corre. Górgalos se puso en pié de un brinco y le tendió la mano.
- Es hora, Corredora.
¿Corredora? ¿Por qué insiste en llamarme así? ¿Acaso…? Cuta, se puso de pie con su ayuda y entonces comprendió.
- ¿A quién debo vencer? ¿A ti? – Górgalos volvió a mirarla con orgullo.
- Si quieres puedes intentarlo, pero lo importante es que lleguemos antes que ellos.
- ¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? – la brisa volvió a peinar aquel claro.
- Ya lo verás – dijo mientras adoptaba una posición para comenzara correr. Ella lo imitó. Sintió que algo se movió a su derecha y al voltear vio como el ciervo se acercaba con las orejas alertas y el cuerpo tenso como un resorte - ¿También tu quieres correr? – y un resoplido fue lo más parecido a un si que el ciervo pudo articular – Muy bien. ¿Lista Cutamipuagsy?
- Lista.
- ¡Vamos!

Los tres arrancaron a la carrera volviendo a internarse en el bosque, Cuta corría casi con desespero, y sentía que el pecho se le hinchaba. Saltó una raíz y fue a aterrizar unos seis pasos más adelante. No se detuvo a pensar que estaba sucediendo, simplemente se dejaba empujar por la dicha que la estaba invadiendo. Junto a ella corría el muchacho y un poco más adelante el ciervo atravesaba el bosque casi sin tocar el suelo. Cuando un río se interpuso en su carrera Cuta saltó al tronco de un árbol caído que estaba apoyado sobre otro árbol, corrió a lo largo de este hasta llegar a las ramas más altas desde donde saltó para aterrizar en las ramas otro árbol al otro lado del río. Mientras iba por el aire vio como Górgalos y el ciervo vadeaban el río de un solo salto y se reunían con ella al otro lado. Sin detenerse continuaron corriendo a través del bosque.

- ¿Hasta donde es esta carrera? – Le gritó Cuta al muchacho mientras corrían.
- Hasta el acantilado, pero debemos llegar antes que ellos.
- ¿Antes que quien?
- ¡Que ellos! – Górgalos hizo un gesto con la cabeza para indicarle en que dirección mirar. Cuta siguió la indicación y vio un poco más abajo de donde se encontraban a otra pareja que corría también entre los árboles del bosque. Se trataba de un valer y una valer ya adultos, pero su carrera era mucho más feroz y eran increíblemente rápidos. Ella era alta y esbelta, de cabellos negros y líneas dibujadas y a pesar de la velocidad lucía grácil, había algo en ella que emanaba una energía tremenda. El hombre era fuerte y audaz de movimientos y sacudía troncos y pesadas piedras a su paso – ¡Aprisa! – le apresuró el muchacho y ella se volvió a concentrar en su camino - debemos tomar un atajo o de lo contrario nunca lo lograremos – Entonces se dirigió al ciervo – ¡Gruva, tocte nahoro!
Se desviaron hacia la derecha y comenzaron a seguir un sendero que termino llevándoles por el lecho seco de un río. Los árboles a sus lados se iban haciendo más y más cortos hasta que finalmente al cruzar un recodo Cuta pudo ver que habían llegado al final del camino. El antiguo río caía allí en una cascada, pero ahora solo había rocas y el vacío, y a unos cincuenta pasos de valer adulto más adelante, la otra cara del acantilado. Pero ninguno se detuvo. El ciervo, quien ya había ganado una distancia considerable, corrió con resolución hasta el borde y al llegar a él dio un salto al vacío y dibujó un perfecto arco entre el borde de la cascada seca y el otro extremo del acantilado. Cuta perdió velocidad, no había forma que ella pudiera dar semejante salto. Entonces sintió como Górgalos le tomaba de la mano.

- ¡Si, puedes! – Le estaba sonriendo – No te pido que creas de una vez, sólo te pido que confíes en mi.

No lo pensó. Al llegar al borde simplemente brincó con todas sus fuerzas. Sintió como las rocas bajo sus pies estallaban por la presión y ya una vez en el aire, volvió a ser conciente de la dicha que la motivaba. Fueron sólo unos segundos pero los saboreó con calma, sintiendo como cada uno de sus cabellos se dejaba acariciar por la brisa. Aun aterrizaron unos siete u ocho pasos más allá del borde y se dejaron rodar sobre el pasto hasta que se detuvieron. Cuta reía a carcajadas, nunca se había sentido tan feliz. En cuanto se puso en pie salto sobre el cuello de Górgalos y le dio un abrazo.

- ¡Genial! Hagámoslo de nuevo.
- No hay tiempo – le respondió sin poder evitar dejarse contagiar por su sonrisa – Ya casi llegamos.

Subieron a toda marcha por un estrecho sendero y allí lograron ver el acantilado en toda su extensión. Se detuvieron jadeantes. Allí estaba también el ciervo, expectante.

- Lo logramos, aún no llegan – Un crujir de ramas les hizo mirar de nuevo – Allí vienen.

De entre los árboles cerca del borde salió la mujer disparada como una flecha. Nunca se detuvo y al llegar al final simplemente salto, giró en el aire para ver como el hombre salía de entre los árboles tras ella, continuó el giro y la caída hasta zambullirse en el mar sin levantar casi agua. El hombre se detuvo y la vio emerger y nadar de espaldas mientras le sonreía invitándole a continuar la carrera. El hombre sonrió y negó con la cabeza, luego movió los labios en alguna despedida que se escapó a los oídos de los dos jóvenes observadores, levantó la mano para despedirse, se volteó y se fue.

- ¡Ixchi! – Susurró Górgalos con nostalgia para si – Nunca me canso de recordarlo.
- ¿Qué has dicho? – Górgalos la miró de nuevo con aquella sonrisa de niño malcriado, luego le tomo de la mano. Cuta entendió - ¿Te volveré a ver?
- Por supuesto, Cutamipuagsy – le encantaba como pronunciaba su nombre – El viento te dirá cuando será el tiempo. Por lo pronto explora tu nuevo don. Un día te será muy útil – El viento volvió a soplar, pero esta vez fue frío y lejano, el rostro de Górgalos se endureció – Aún hay tiempo.
- Górgalos, ¿Qué debo hacer con esto que estoy aprendiendo?
- Una sabia pregunta, Cuta. Se feliz, y haz feliz a cuantas personas puedas. Entendiendo que la vida siempre tendrá cosas que simplemente no podrás explicar harás que tu poder se haga cada vez más y más grande. Pronto te darás cuenta que la misma gente es parte de esa energía que hace crecer tu fuente y aprenderás a ver a través de ella, sin distraerte por máscaras ni engaños. Cuando seas conciente del poder que tiene tu propia sonrisa habrás recorrido ya más de la mitad del camino para nuestro reencuentro – Luego volteo hacia el ciervo y se arrodillo para llamarlo – ¡Gruva! – El delicado animal se le acercó y él le susurró algo en la oreja. El ciervo agitó alegremente la cola, retrocedió y le dedicó una mirada a Cuta.
- Adiós, Gruva, fue un placer - tras otro resoplido el ciervo salió saltando fuera de su vista, luego Cuta dirigió la mirada a Górgalos que ya se había puesto de pie – Ahora que lo pienso, hay una vieja leyenda sobre un gran guerrero, un Guardián según se suele contar, fue grandioso, valeroso y loco a la vez, se dice también que tenía miles de años de edad y que nació un poco más al sur de este lugar pero que pasó por aquí el día que partió para comenzar su camino como Guardián. Ahora lo recuerdo, su nombre era Gonka.

Górgalos no dejó de sonreír en ningún momento y sus ojos brillaban con toda la picardía de su misteriosa juventud.

- Tero distet cali, Cutamipuagsy – y tras decir esto se dio vuelta y se fue caminando sin voltear.
- Vrava niqui sin safir, Gonka.


Para cuando Cuta regresó a su casa el sol ya estaba casi sobre el horizonte. Guro, su hermano la esperaba recostado del marco de la puerta con una mirada de reprimenda.

- ¿Dónde rayos has estado, Cuta?
- En el bosque – Le dijo ella con tranquilidad – ¿Por qué me miras así? No es lo que estás pensando.
- ¿A si? ¿Y que estoy pensando, niña lista? – Preguntó mientras cruzaba sus brazos sobre su pecho.
- Piensas que tengo un novio y que me estaba viendo con el en el bosque – Los ojos de Guro se abrieron – Te deberías avergonzar hermano, ¿No conoces a tu hermana?
- Yo no estaba pensando eso hermanita – dijo mientras la despeinaba juguetonamente.
- No me despeines, voy a salir nuevamente. Me veré con unas amigas en la plaza central. Así que olvida tus intensiones de hacer que te prepara la cena – y tras decir esto sonrió al ver la cara de estupor de su hermano, y agregó – Y no. No puedo leer la mente, hermano.

GLOSARIO

Raba: Séptimo día de la semana. Valeria tiene semanas de ocho días.

Tero distet Cali… Vrava niqui sin safir: Despedida en Prusik básico que significa:
Mira el cielo… Y que las estrellas nos junten de nuevo











La siguiente parte

Cuta en la Corte de Sool

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